En ese instante entendí algo brutal:
No era una discusión.
Era un plan.
Salí sin que supieran que los había oído
Retrocedí sin hacer ruido. Bajé las escaleras. Salí al patio. Me senté en la banca.
Las manos me temblaban tanto que apenas pude marcar el teléfono.
Llamé a una grúa y dije:
—“Necesito que retiren mi auto. Creo que tiene un problema serio en los frenos.”
Le pedí expresamente que lo llevara directo al taller de confianza de un mecánico conocido.
Minutos después, la grúa llegó.
Cuando empezaron a enganchar el auto, la ventana del tercer piso se abrió de golpe.
Camila asomó con la cara blanca.
No de preocupación.
De miedo.
La mirada que lo dijo todo
Bajó corriendo.
—“¿Qué pasa? ¿Por qué se llevan el auto?”
Me levanté despacio.
—“El mecánico dice que conducir con esos frenos sería mortal.”
Nos miramos.
No hizo falta decir nada más.
Ella supo que yo sabía.
La decisión: sobrevivir primero, actuar después
Podría haber ido directo a la policía. Pero sabía que sin pruebas me pintarían como viejo paranoico.
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