La noticia se difundió rápidamente. Una noche, mis dos hermanos mayores volvieron a casa con caras duras.
“¿Quieres quedarte con todo esto?”, exclamó el mayor. “Es la herencia de mamá, ¿por qué la escondes?”
“No lo hice”, respondí. “Pensaba decírselo en el aniversario de su muerte. Pero recuerda: odiabas esas mantas y querías tirarlas. Si no las hubiera traído, no habría habido dinero”.
El segundo hermano murmuró enojado:
“En fin, es la herencia de mamá. Está dividida entre los tres; ni se te ocurra quedártela toda”.
Me quedé callado. Sabía que el dinero se suponía que era para compartir, pero también recordé cómo trataban a mi madre. Nunca le daban nada, y aunque yo era pobre, le enviaba algo cada mes. Cuando enfermaba, la cuidaba yo mismo; siempre tenían excusas. Y ahora…
Las discusiones duraron días. El mayor incluso amenazó con demandarme.
La última carta
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