Les dije con calma:
“Mamá nos dejó esto a los tres. No me quedaré con nada. Propongo un reparto justo. Pero recuerden: el dinero es importante, sí, pero su mayor deseo era que viviéramos en paz”.
El mayor bajó la cabeza con la voz ronca:
“Me equivoqué… Solo pensaba en el dinero y olvidé lo que dijo mamá”.
El segundo añadió con lágrimas en los ojos:
“Sufrió tanto… y no pudimos agradecerle”.
Guardamos silencio un buen rato. Finalmente, decidimos dividir el dinero en tres partes iguales. Cada uno tomó su parte como recuerdo de nuestra madre.
El destino de todos.
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